CARGANDO

Escribe para buscar

Contexto Lo Destacado Noticias

Ecuador: 40 años de una democracia fallida

Compartir

Desde el retorno a la democracia, los gobernantes del período que va de 1979 hasta el presente año no resolvieron los problemas del país, pero ahondaron las brechas. Un análisis urgente.

Foto: Flickr Presidencia de la República

En los últimos cuarenta años, el Ecuador ha sido un país inestable política y económicamente. Los resultados de esta situación se ha traducido en algunos períodos complicados y otros momentos de estabilidad que, por mala suerte, han sido mucho menores. 

Cuando, después de algunos años, se analice los años más difíciles de la historia ecuatoriana, se debe tomar en cuenta, y como una de las referencias más complicadas, al período que va desde la subida al poder y la destitución de Abdalá Bucaram hasta la caída del coronel Lucio Gutiérrez, el posterior período de interinato de Alfredo Palacio, el nombramiento de Rafael Correa como ministro de Economía en un breve período (2005) y su posterior campaña política con la que llegó al poder a finales del 2006.

En 40 años de vida republicana (1979-2020), el Ecuador pasó por un abigarrado desfile de políticos, académicos, caudillos populacheros y tecnocráticos, militares de tinte nacionalista, bailarines de la política e incluso una mujer a quien no se dejó gobernar ni siquiera un día (Rosalía Arteaga, en 1997).

Lo cierto es que, luego del colapso y caos que provocó el ascenso y caída de Abdalá Bucaram hasta el régimen autoritario y “dictocrático” (palabra acuñada por él mismo) de Lucio Gutiérrez, los actores que dirimieron y definieron las crisis fueron de variada índole: militares, indígenas y diputados que, de alguna manera, capitalizaron a su favor la crisis, pero sin encontrar salidas concretas a un período de aprietos institucionales (que incluso tuvo siete presidentes en ocho años). 

Un período de estabilidad en los últimos catorce años, marcado por el talante autoritario del expresidente Rafael Correa, quien construyó un poder no solo político, sino económico, cultural y mediático, con una avasalladora propaganda, que se fue elaborando desde el primer día de su mandato, asesorado por expertos publicistas y mercadólogos que lo aconsejaron desde entonces. Lo sucedió su exvicepresidente, Lenín Moreno que, en sus cuatro años, ha hecho de todo para marcar distancia con su antecesor, pero ha convertido su gobierno en un pálido reflejo del anterior, porque nunca pudo ocultar su innegable lazo sanguíneo con el correísmo.

Desde el retorno a la democracia, los gobernantes del período que va de 1979 hasta el presente no resolvieron los problemas del país y más bien ahondaron las profundas brechas existentes entre una sociedad cada vez más empobrecida y una clase política cada vez más enriquecida y aupada por la corrupción del aparato estatal (que en ninguno de estos gobiernos se pudo desvanecer o, por lo menos, apaciguar). 

Los últimos dos gobiernos no fueron la excepción. Con cierto tinte populista y clientelar que, de todos modos, no es nuevo en el país, se hizo inversión en lo social y en infraestructura de obras civiles (carreteras y puentes), educativas y sanitarias. Pero, esa misma obra pública es la que abrió las puertas a la contratación con coimas, sobreprecio y corrupción.

Esta forma clientelar y populista de hacer política en el Ecuador fue inaugurada por el cinco veces presidente José María Velasco Ibarra, quien gobernó democrática y fácticamente al país durante algunos períodos (1934-35; 1944-46; 1952-56; 1960-63 y 1968-72). Famoso por su frase “dadme un balcón y os daré la presidencia”, solo culminó uno de sus períodos (1952-56), beneficiado por el auge bananero, que generó que este producto sea para el país el principal de exportación ya que por esos años el Ecuador era el primer vendedor mundial de la fruta.

Pero, en las otras ocasiones, este Mandatario rebasó la Constitución sintiendo que era un dogal para su gestión, proclamándose dictador por tres ocasiones (1946, 1962 y 1972), para ser inmediatamente depuesto por regímenes civiles o militares de facto.

La firma de la paz con el Perú, del 26 de octubre de 1998, significó el rencuentro con una realidad dura y difícil que no se había asimilado por más de medio siglo. No era el Ecuador un país amazónico, como infamemente se enseñaba en las escuelas y colegios. 

Uno de los paradigmas de nuestra nacionalidad, la victoria en la Guerra del Cenepa de 1995, que costó tantas vidas, fue usada de mala manera por políticos y diplomáticos ecuatorianos, que dejaron en palabras ese triunfo, firmando una paz que significaba ceder más de lo que se ganó, como así sucedió.

Este país de caricatura vio pasar, antes de esa firma y luego de la misma, a muchos personajes que, más que pensar en un proyecto nacional y una agenda para superar los graves problemas de pobreza, salud, educación y calidad de vida, se dedicaron a llenarse los bolsillos de dinero mal habido, proveniente de amarres y componendas políticas y, más recientemente, a marcar su propia agenda político-ideológica. 

Aunque la corrupción no es un mal reciente (tomando en cuenta los famosos escándalos del siglo XIX, como la Venta de la Bandera), en estos años se ha vuelto tan preocupante, al punto que los ecuatorianos sostienen que si se quiere hacer dinero hay que migrar (más de un millón de ecuatorianos salieron durante este período) o entrar en política (pero a la política corrupta).

La amarga democracia

En 1979 llegó al poder Jaime Roldós, ilusionando al pueblo con el eslogan “la fuerza del cambio”, encarnando todas las ilusiones de un país que salía de siete años de dictaduras militares y empezaba a sentir la dependencia del petróleo como principal producto de exportación y con la herencia del “endeudamiento agresivo”, concretado por el último ministro de la dictadura, Santiago Sevilla, que decuplicó las deudas ecuatorianas en menos de cinco años.

Pese a las buenas intenciones, Roldós no pudo afrontar la crisis económica a la que se sumó la guerra de Paquisha en enero de 1981, que provocó que las finanzas del país se debiliten aún más. A eso hay que sumar la pugna de poderes que, casi inmediatamente después de asumir el poder, enfrentó al presidente con su tío político, Assad Bucaram, entonces presidente del Congreso. Al año de su posesión, Roldós había creado su partido (Pueblo, Cambio y Democracia), con un grupo de “chuchumecos” que se mantuvieron en su línea y se alejaron del CFP. Su muerte, en un accidente aéreo el 24 de mayo de 1981, dejó inconcluso su proyecto.

Roldós fue sucedido por Osvaldo Hurtado, quien se hizo cargo no solo de la crisis, sino del fenómeno de “El Niño” que azotó a la costa ecuatoriana en 1984. Hurtado buscó un consenso nacional ante el conflicto con el Perú, lo que fue mirado como una traición por sectores nacionalistas encabezados por el diputado de oposición, León Febres Cordero.

La derecha en el poder

Con esa plataforma de oposición a Hurtado apareció en escena el líder empresarial guayaquileño León Febres Cordero, del Partido Social Cristiano, formando el Frente de Reconstrucción Nacional que integraba diversos sectores, desde los conservadores, liberales (Blasco Peñaherrera fue su binomio), la Coalición Institucionalista Demócrata de Otto Arosemena y el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Carlos Julio Arosemena Monroy. 

Se recuerdan algunos hechos: la aparición de grupos subversivos (Alfaro Vive Carajo y Montoneras Patria Libre), el secuestro de Nahim Isaías (amigo del Mandatario, lo que no impidió que el Presidente ordene que se mate a los que estaban en la casa donde se mantenía secuestrado, en 1987) y del periodista Enrique Echeverría.

A inicios de 1985 arribó al Ecuador por primera vez en la historia un Sumo Pontífice, el Papa Juan Pablo II. Aunque no era la postura oficial, la Cancillería ecuatoriana desplegó gestiones para lograr una postura papal sobre el diferendo limítrofe, aprovechando que estaba fresca la mediación de Juan Pablo II en el problema argentino-chileno sobre el Canal de Beagle. El Papa, solo exhortó “a los pueblos latinoamericanos que mantienen litigios, a resolverlos por la vía pacífica”.

A los subversivos se respondió con grupos policiales y paramilitares entrenados por israelitas. Hubo la desaparición, aún sin resolver, de los hermanos Restrepo, en enero de 1988. El país cayó en crisis en 1987 cuando un terremoto en el oriente ecuatoriano a la altura del volcán Sangay, destruyó el Oleoducto, dejando al país sin exportar petróleo por algunos meses. En materia territorial, el mandatario mantuvo la “herida abierta”. 

Rodrigo, el pueblo está contigo

Siguiendo con la teoría del péndulo electoral, le correspondía el turno a un candidato de la sierra y de tendencia social demócrata. Rodrigo Borja derrotó en segunda vuelta de las elecciones de 1988 a Abdalá Bucaram (líder del Partido Roldosista).

Borja tuvo todo para tener éxito. El Congreso y la Corte de Justicia a favor en los primeros dos años. Logró negociar con los grupos subversivos. Alfaro Vive entregó las armas. Se dio la primera gran marcha de los indígenas en 1992. Pero no supo manejar las riendas económicas del país y no hubo crecimiento. La acción más audaz del Mandatario fue, en el ámbito internacional cuando, por sugerencia de su canciller, Diego Cordovez, pidió el 30 de setiembre de 1991 en el seno de la Asamblea de la ONU, el arbitraje papal del diferendo limítrofe con el Perú. Borja fue el primer Mandatario ecuatoriano en visitar el Perú, aunque no en visita oficial. El presidente peruano Fujimori no aceptó. Papel protagónico en este gobierno tuvo este recordado canciller. 

Llega Sixto. Y con él… Dahik

Sixto Durán Ballén era fundador del Partido Social Cristiano, con el carné número 2 de esa agrupación. Sin embargo, en 1992 Febres Cordero impuso como candidato a la presidencia a su delfín, Jaime Nebot Saadi. Disgustado, Sixto se desafilió y entró en entendimientos con el Partido Conservador, liderado por Alberto Dahik. Se formó una circunstancial agrupación llamada Partido de Unidad Republicana (PUR), que ganó las elecciones de ese año, venciendo justamente a Nebot en la segunda vuelta. 

El inicio del mandato de Durán Ballén no pudo tener mejores auspicios. Pero, pronto se deterioró la economía (antecedente de la crisis de los años posteriores). Hubo una aproximación con el Perú, pero no hubo continuidad y lamentablemente las cosas se enfriaron hasta llegar al punto de congelamiento y luego al enfrentamiento de enero del 95 en el Alto Cenepa. A Sixto se lo recuerda por su frase “ni un paso atrás”.

La “circocracia” de Bucaram

Foto: Marcos Pin – API

Derrumbó pronósticos. Los analistas decían que los ecuatorianos estaban “desconfiados y apáticos”. Ésa fue la causa del triunfo de Bucaram. Aprovechó el denominado “voto vergonzante u oculto”. Lo caótico de su discurso de posesión proyectó su gestión posterior. Se esperaba protagonismo de la mujer, con la vicepresidenta Rosalía Arteaga. Pero la dejaron sola. La traicionó su principal aliada, la polémica ministra de Educación, Sandra Correa, implicada en un plagio de su tesis doctoral en jurisprudencia.

Los excesos fueron “la piedra en el zapato” del presidente y en especial del ministro de Energía, Alfredo Adum. Sin haberlo ofrecido, Bucaram puso en marcha un programa de ayuda social con la leche “Abdalact” y la bolsa de alimentos básicos a precios subsidiados.

Gracias a la continuidad en política exterior, se acercó una solución -no la mejor- del diferendo con el Perú, pero Bucaram ganó críticas por una frase dicha en el Perú de que se “debía perdonar a ese país y que ese país nos perdone por tantas décadas de guerra…”. Por eso, el pueblo en las calles gritó “que se vaya Bucaram”. La mecha de la rebelión fueron las declaraciones del embajador de EE.UU., Leslie Alexander, quien expresaba un preocupante crecimiento de la corrupción en el país.

Luego de estas declaraciones, se formó el “Frente Patriótico”, aglutinando obreros, ecologistas, sindicalistas y profesionales independientes al que se sumaron los expresidentes Borja, Hurtado y Febres Cordero y algunos excandidatos presidenciales.

El régimen, pese a las manifestaciones, no derogó las medidas económicas (aumento de tarifas eléctricas, del gas, la luz y el teléfono), así como el discutido plan de convertibilidad de la moneda. La campaña en los medios se basaba en sostener que Bucaram era la única y última esperanza de los pobres. Viéndose rodeado y cada vez más cercado, acudió a un recurso inesperado: llamó al secretario de la Organización de los Estados Americanos (OEA), César Gaviria, para que medie en la crisis. 

Tras las masivas protestas del 5 de febrero de 1997, el Congreso, al día siguiente, con 55 votos válidos mocionó la destitución del mandatario por “incapacidad mental”, sin informes de peritos siquiátricos. El final fue con Bucaram llegando a su bastión principal, Guayaquil, y partiendo en las siguientes horas a Panamá, donde estuvo exiliado.

Interinato intrascendente

Al salir Bucaram se creyó que la corrupción terminaba. Nada de eso pasó. El Fenómeno de El Niño de 1997 puso a los ecuatorianos a lamentarse por una racha de mala suerte que no cesaba desde 1995 (año del conflicto frente al Perú y que terminó con la fuga del exvicepresidente Dahik). Sin olvidar el nefasto 1996, con la crisis energética y el neopopulismo de Bucaram. El 97 encontró al final del año un país en recesión y con indicadores preocupantes. 

El presidente interino Fabián Alarcón fue acusado de “piponazgo” (por emplear a más de mil personas que no trabajaron nunca cuando fue presidente del Congreso) y acudió a la Corte Suprema a declarar. No se olvidan los malos manejos de los fondos privados y la ayuda estatal destinada a los damnificados de la catástrofe ambiental y el pago de comisiones a la compañía Andrade-Gutierres, de Brasil, por trabajos no realizados en la vía Méndez-Morona (por este hecho, tras su mandato, estuvo en prisión).

Mahuad: la paz con el Perú y la dolarización

Tras una buena gestión como Alcalde de Quito, el gobierno de Jamil Mahuad comenzó inyectando calma a los sectores sociales y financieros, pero eran evidentes sus vínculos con la banca. Luego vino lo peor. Se creía que tras la firma de la paz con Perú (26 de octubre de 1998), se apagaría la tormenta.

Pero, llegó la crisis bancaria y Mahuad quiso imponer medidas económicas, como el alza de combustibles, de impuestos, del gas y de servicios básicos. Los taxistas y otros gremios reclamaron. La “fiebre amarilla” llenó las calles. Los choferes de taxis y buses bloquearon el país. Luego vino el colapso bancario (marzo de 1999) cuando se congeló las cuentas de los ecuatorianos.

El 9 de enero del 2000, Mahuad, en acción desesperada, estableció la dolarización, para frenar el alza del dólar respecto al sucre (en el día del anuncio costaba 25 000 sucres). Pocos días después, un Coronel que le negó el saludo en un acto castrense en diciembre de 1999 entraba a la escena política, mientras Mahuad salía de la presidencia, quedando a cargo su vicepresidente Gustavo Noboa, que no varió muchas de las medidas tomadas por su antecesor y dio vía libre a la dolarización.

El coronel en su laberinto

En el año 2003, tras los complicados episodios luego de la caída de Mahuad, la esperanza se encarnó en un militar aparentemente nacionalista y de ideas progresistas, que surgió a la vida política como un “outsider”, con propuestas de cambio e intentando ser la alternativa a la política tradicional. Lucio Gutiérrez representaba esa especie de rebelión.

A Gutiérrez, tras la “rebelión de los forajidos”, en 2005, le sucedió su vicepresidente, el médico guayaquileño Alfredo Palacio, que tuvo una gestión poco trascendente que, inesperada e involuntariamente, puso en rampa de salida a Rafael Correa, cuando lo nombró ministro de Finanzas, iniciando su carrera política.

Un caudillo neo populista

La aparición de un caudillo de ideología imprecisa y sinuosa, Rafael Correa, modelo siglo XXI, con rasgos socialistas, tecnocráticos y modernizadores, alejado de la llamada “partidocracia”, hizo augurar mejores días que, gracias al avasallador poder de su imagen y discurso, caló hondo en el sentimiento de las clases menos favorecidas, que vieron en Correa una especie de redentor político.

De este personaje se ha hablado mucho en los últimos años. Hay que resaltar su talante autoritario y caudillista, su manía de que el estado intervenga en todo, el crecimiento de la burocracia, el endeudamiento agresivo con China y alrededor de USD 60 000 millones que se perdieron por corrupción en su gobierno, pese a tener, entre 2009 y 2014, el mayor precio del petróleo de la historia. 

Su sucesor, Lenín Moreno, recurrió a muchos cuadros del correísmo para deshacerse del… correísmo, lo que implicaba una relación innegable entre los dos gobiernos, pese a que intentó la “descorreización” del país; y que no fue posible porque la gente añoraba las carreteras, las ayudas, los bonos, los subsidios, las salidas de tono, la metida de mano en la justicia y las sabatinas del antecesor, creando una bomba de tiempo que Moreno no pudo apagar y que significó su ocaso político, junto con antiguos personajes del correísmo, como María Paula Romo y Juan Sebastián Roldán, entre otros. 

Hay la manía ecuatoriana de creer que todas las soluciones están en manos de “alguien” que aparece en nuestra geografía y que es -esta vez él sí- el único que nos va a salvar de todos los males. Ocurrió desde tiempos de Juan José Flores y Gabriel García Moreno, pasando por Eloy Alfaro y, sobre todo, con José María Velasco Ibarra y Rafael Correa. Los ecuatorianos suelen decir que “tienen los gobiernos que se merecen”, pensando en una especie de signo trágico del destino, que provocó en muchos momentos de la historia, el relato de “miles o millones de votantes arrepentidos” que se equivocaron al tomar una decisión que, muchas veces, se resolvió en las calles, de manera violenta o pacífica…

Etiquetas:
Artículo anterior
Siguiente artículo

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *