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Correísmo: ¿fascismo a la ecuatoriana?

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El régimen de Rafael Correa estuvo cobijado por el socialismo del siglo XXI. Pero hay rasgos inclinan esa forma de ver el mundo hacia elementos que hacen dudar de su talante democrático. Aquí todas las características.

Fotos: Gianna Benalcázar – CCQ

“Pero, tenemos carreteras”. Sí, Hitler también construyó carreteras…

Suena contradictorio, porque los seguidores del socialismo del siglo XXI se autocalifican de izquierda y se unieron a los despojos del socialismo real del siglo pasado, como los gobiernos de Cuba y Nicaragua y, un poco más distantes, a los regímenes totalitarios de China, Rusia o Corea del Norte. Sin embargo, las raíces del socialismo del siglo XXI se relacionan con los orígenes del fascismo y el nacionalsocialismo.

El politólogo italiano Norberto Bobbio, en su Enciclopedia de la Política, define al fascismo desde algunas perspectivas. Cronológicamente, el histórico es el fascismo italiano, pero luego, al trascender la frontera de ese país, se volvió internacional al vincularse en Alemania con el nacionalsocialismo y finalmente se extendió a movimientos o regímenes que comparten esas características, organización y finalidad política.

Sobre esto, corrobora Bobbio, “el término fascismo asume una indeterminación tal que pone en entredicho su utilización con fines científicos. Se ha delineado cada vez más una tendencia a limitar su uso solamente al fascismo histórico, cuya vigencia cubrió Europa en el período comprendido entre 1919 y 1945 y cuyas especificidades están constituidas por el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán”. 

Pero, el fascismo va más allá de ser un fenómeno del oeste de Europa porque extendió su influencia, también al este europeo, con la caída del muro de Berlín y la cortina de hierro a fines del siglo XX, caracterizándose por el nacionalismo y la xenofobia. Su resurgimiento ocurre en países como Hungría, Austria, Francia, Rusia o en las mismas Italia y Alemania, encabezado por líderes como Marine Le Pen, Salvini o Viktor Orban, que son considerados de derecha. Pero, ese rasgo ideológico puede variar en otras partes. 

Se podría definir al fascismo como un sistema de dominación autoritario con el monopolio de la representación política de un partido único y de masas, organizado jerárquicamente, una ideología fundamentada en el culto al jefe o caudillo, en la exaltación de la colectividad nacional y el desprecio de los valores del individualismo liberal. Aquí aparecen similitudes entre algunos regímenes europeos con los de la línea del socialismo del siglo XXI, como la Venezuela de Maduro y el Ecuador de la década de gobierno del Rafael Correa.

Otros rasgos: el ideal de colaboración entre las clases, en una contraposición frontal ante socialismo y comunismo (sería una contradicción, que no lo es, por el tinte nacionalista), con un ordenamiento corporativo, movilización de masas, encuadradas en organizaciones dirigidas hacia una socialización política planificada en función del régimen, la eliminación de la oposición con violencia terrorista (algo de eso hubo en Ecuador y se produce todo el tiempo en Venezuela), un aparato de propaganda fundado en el control de la información y los medios de comunicación de masas (cuando se cooptan medios y se amenaza a otros que son críticos) y también un creciente dirigismo estatal en el ámbito de una economía que sigue siendo privada. 

El fascismo hace un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas a través de la identificación de las reivindicaciones sociales con las nacionales. Por eso, a los votantes les atrae el mesianismo de líderes que pregonan eslóganes como “la patria vuelve, la patria es de todos o recuperar la patria”, pregonados por los publicistas del correísmo.

El fascismo se jactaba, desde sus comienzos, de no ser un movimiento teórico, afirmando que la acción estaba por encima del pensamiento, pero también le faltó la capacidad de auto comprenderse y auto interpretarse. Siempre hubo intentos de interpretación, realizados por amigos y enemigos. El hecho de que predomina la praxis sobre la doctrina no permite un juicio externo, un paradigma frío y preciso y esto le permite a cada uno inventar su propio fascismo, sea positivo o negativo. 

Según A. J. Gregor, el fascismo fue “el primer régimen revolucionario de masa que inspiró la utilización de la totalidad de los recursos humanos y naturales de una comunidad histórica en el desarrollo nacional”. Aunque parecería que el horror de la segunda guerra mundial disipó esta forma de hacer política, su reaparición en muchas partes del mundo, con distintos matices ideológicos, hace pensar que sigue vigente.

El correísmo es una forma de fascismo

Aunque el correísmo parece inspirado en una reinterpretación del socialismo histórico, planteado por Marx en El Capital y el Manifiesto Comunista o en algunos de los escritos de Lenin, previos a la toma del poder en la Unión Soviética, antes de la malévola interpretación de Stalin, no es otra cosa que un nacional socialismo matizado, inspirado desde el principio por el coronel Hugo Chávez.

Las ideas del fallecido caudillo venezolano se sembraron en algunos países de la región, como Argentina, Uruguay, Ecuador y Bolivia. Cabe anotar que Fidel Castro, tras constatar el fracaso del socialismo real en Cuba, igual que Daniel Ortega en Nicaragua (los dos fueron líderes militares de sus revoluciones), se adscribieron rápidamente a esta nueva forma de gobernar, aunque con ellos hubo de por medio el petróleo venezolano que llegaba abundantemente a la isla caribeña y al país centroamericano, dándoles un respiro tras la caída de la Unión Soviética a inicios de la última década del siglo XX.

Hay que anotar, aunque ya lo hicieron muchos pensadores, que el socialismo del siglo XXI no es socialista ni del siglo XXI. Podría tratarse de una metamorfosis del capitalismo de estado, cuyo principal ideólogo es el filósofo Byung Chul Han, inspirador del exitoso modelo capitalista de estado de Corea del Sur, matizado con tintes fascistas. 

El capitalismo de estado se interpreta desde varias vertientes y es utilizado por diversas corrientes de pensamiento para referirse a modelos económicos de mercado donde el Estado y sus empresas juegan un papel central en la economía, en un entorno capitalista.

En este sistema económico el Estado es el eje de las actividades económicas, al aplicar un modelo capitalista a la gestión pública para mover la producción. El término se emplea para sistemas autodefinidos como socialistas o comunistas, pero que no lo son. El correísmo, tomando estas definiciones, no es ni puede ser socialista, a lo mucho estatista.

El correísmo se apropió de esta forma de producción y apropiación de la plusvalía para ser el único actor y eje de la economía. Si se recuerda, ese fue el esquema concentrador, además de cobrador de impuestos, donde el estado sometía a los ciudadanos y a las empresas privadas a un modelo, siendo un competidor desleal de éstas para que quiebren.  

La propiedad estatal de los medios de producción no modifica, parafraseando a Marx, las relaciones sociales de explotación a la burguesía y, más bien, las profundiza. Los empresarios del sector público se benefician de negocios del estado y surge una nueva oligarquía que saca provecho de las ganancias. En Venezuela fueron los “boliburgueses”, mientras en el Ecuador fueron los amigos y parientes del círculo de poder de Correa que hicieron negocios con el Estado.

El correísmo tomó algunas características de este capitalismo de estado surcoreano, combinado con los tintes autoritarios del régimen norcoreano y otros gobiernos déspotas, como la China de Xi Ying Ping (paradigma del capitalismo de estado en un sistema socialista como el chino, “un país y dos modelos”), la Rusia del “zar soviético” Putin o la Bielorrusia del tirano Lukashenko.

El modelo empresarial correísta buscó que la economía sea un sistema para estatizar aportes del Estado a entidades públicas no estatales, mientras confiscaba lo privado (como pasó con TC Televisión y Gama TV). En Venezuela, cuando Chávez mencionaba la palabra “confísquese”, muchas empresas privadas pasaron a manos públicas, sin importar su manejo y gestión. Además, el dinero público se centraliza en la Cuenta Única del Tesoro, donde hace falta la autorización de un burócrata para hacer pagos y asignaciones. El dinero público se vuelve propiedad del Gobierno y del presidente.

Igualmente, la Constitución de Montecristi de 2008 estableció una forma discrecional de distribuir recursos y pedir cuentas a quienes se los entregaban. Pero, esto dio lugar a la corrupción, según el grado de afinidad política que tenían los alcaldes, prefectos o asambleístas con el presidente y sus ministros más cercanos.  

Mientras tanto, el estado alimentaba sus arcas con los altos ingresos del petróleo de la época, además de utilizar el cobro de impuestos para perseguir, castigar y multar a empresarios privados y ciudadanos comunes. Con ese dinero se construyeron obras (no importaba si no eran prioritarias), se financió servicios, se pagó sueldos y se cubrió asignaciones, establecidas por la constitución, a entidades públicas no estatales, pero controladas por el gobierno con las superintendencias y la contraloría. 

Así, el caudillo Correa repartió y gastó pródigamente los ingresos del estado para financiar carreteras (muchas que ya no sirven), centrales hidroeléctricas y obras faraónicas (como la famosa y nunca construida Refinería del Pacífico), bonos y subsidios clientelares, entre otros, convertidos en derechos, bienes o servicios. Sin embargo, el modelo solo puede funcionar si las rentas de las exportaciones tienen precios altos, como pasó del 2008 al 2014 con el petróleo.

El correísmo se adueñó de las asignaciones a municipios y gobiernos seccionales, a las universidades públicas y cofinanciadas, a jubilados y funcionarios públicos, en donde operaba la discrecionalidad y en cierto modo, el chantaje, para entregar los dineros.

Asimismo, el correísmo dispuso del dinero y de la vida de los ciudadanos. También usó las reservas del Banco Central (como amenaza volver a hacerlo Arauz) y el 40% de asignación que el Estado por ley debía entregar al IESS para seguir creando la ficción de una bonanza económica. Así, crearon clientelas políticas dispuestas a salir a marchas de apoyo al régimen y, a los que no querían, obligarlos. También se compraba adhesiones con sánduches y gaseosas, cuando la situación ameritaba (jornadas de apoyo a Correa por los aniversarios del 30-S y sabatinas, por ejemplo).

El correísmo y su caudillo crearon la ficción de que él era dueño del gobierno, del estado, de la sociedad y de sus recursos, generando la idea del dominio del líder sobre las masas, alimentado por una propaganda asfixiante desde el aparato informativo creado por los hermanos Alvarado (admiradores de Göebbels, ministro de propaganda de Hitler).  

De esta manera, el modelo privatizó la política, para lograr que, en un momento dado, exista el partido único, creando una ficción de democracia (ya habían cooptado el poder electoral, metieron la mano en la justicia con Gustavo Jalkh, había cien asambleístas levanta manos y el Consejo de Participación era un apéndice del ejecutivo). También incrementaron una burocracia servil y obsecuente que creció excesivamente en esos diez años. 

Se sembró, gracias a las sabatinas, un discurso de odio a periodistas, empresarios privados, organizaciones autónomas (la Unión Nacional de Educadores) y gremios profesionales (donde quiso captar las directivas para eliminar a los críticos). Con esto solo restaba que, tras estatizar a la sociedad, se consolide el modelo fascista, basado en un corporativismo estatal totalitario (grupos pequeños acaparando la contratación pública) y una economía de intervención (eliminando la autonomía de organismos estatales, como el Banco Central, la Fiscalía o la Contraloría).

Correa destruyó organizaciones sociales como el Frente Unitario de los Trabajadores, la CONAIE, la UNE, la FEUE, la FESE y los gremios de profesionales, así como organizaciones populares, de campesinos e indígenas, criminalizando su existencia, persiguiendo a dirigentes críticos y creando gremios alternativos, como la Red de Maestros (algunos de sus miembros se involucraron en casos de violación a menores, bajo la vista gorda del ministro de educación de entonces, Augusto Espinoza). 

El correísmo no fue ni progresismo ni izquierda ni reformismo. El régimen de Correa estableció un régimen fascista bajo la sombra de ser reformista, de izquierda o progresista, cobijado por el socialismo del siglo XXI. El político socialista Diego Delgado señalaba algunos rasgos fascistas del gobierno de Rafael Correa: “la esvástica en la piel de los familiares de presos en Ecuador, el uso de grupos de choque contra organizaciones populares, los métodos del fascismo en la propaganda, en el amedrentamiento social y en el manejo jurídico del país”. Otras prácticas del nazismo señalados por Delgado son: “todos los poderes en manos de una sola persona, todas las instituciones bajo el control del caudillo criollo”.

Hasta el final de sus gobiernos Correa se proclamaba socialista del siglo XXI, como declaraba a la revista Vistazo en abril del 2015. Un importante centro judío, el Simon Wiesenthal, reclamó por un Twitter del exmandatario con la frase “heil Hitler”, olvidando todo lo que hicieron los nazis, especialmente en la segunda guerra mundial. Dijo que fue una broma, pero no cayó nada bien en la comunidad judía.

En septiembre del 2016, el Defensor Público de entonces, Ernesto Pazmiño, supo por denuncias de familiares de presos, que se colocaba sellos con simbología nazi, incluyendo la esvástiva en los brazos de los reos, con la venia del Ministerio de Justicia de esa época.  

Correa auspició la existencia de grupos violentos, que se infiltraban en las manifestaciones contra su régimen para poder sofocar las insubordinaciones. Algunos grupos armados se formaron, con asesoría de militares, en los recordados “picnics”, dirigidos por Rodrigo Collahuazo y Carla Delgado, en 2016. 

Mussolini y Hitler usaron grupos de choque en Italia y Alemania (con las tristemente recordadas SS y SA). En el Ecuador se usaron contra manifestantes financiados por el propio gobierno para acallar protestas. El ahora candidato a la presidencia, Yaku Pérez y su pareja sentimental Manuela Picq, fueron víctimas de esta violencia. 

El régimen nunca ocultó su relación con pandillas (Ñetas y Latin Kings) y grupos delincuenciales como “los choneros”, con quienes algunos ministros y hasta Correa aparecían en fotos de redes sociales. Muchos de estos sujetos fueron parte de la violencia en las movilizaciones de octubre de 2019.  

Göebbels entra en acción en Ecuador

Foto: Flickr Presidencia de la República

En 124 meses en el poder, los hermanos Fernando y Vinicio Alvarado utilizaron todos los métodos propagandísticos de Joseph Göebbels, ministro de Hitler, aplicando la doctrina de que la voluntad del caudillo estaba sobre las leyes, instituciones y la Constitución. 

La propaganda del régimen del presidente Rafael Correa se sustentó en las once máximas de Göebbels, guiadas por la máxima de “una mentira cien veces repetida se convierte en verdad” y ”más vale una mentira que no pueda ser desmentida, antes que una verdad inverosímil”.

En Mein Kampf (Mi lucha), Hitler decía que para mentir había que hacerlo descaradamente y que la mentira más grande se cree más rápido que la pequeña. La política de atemorizamiento social y legislación punitiva se inscribió en la concepción de Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo y promotor de la represión ilimitada al pueblo y sus organizaciones, bajo la idea de que la mejor política era el terror. 

Para manejar las leyes la única doctrina válida era la del caudillo. Su voluntad suprema iba más allá del método jurídico de que el líder prevalece sobre las leyes. Esto se evidencia en el hiperpresidencialismo de la Constitución de Montecristi. Tras meter la mano en la justicia desmantelaron el ordenamiento jurídico existente y dictaron leyes, no solo para ganar elecciones, sino para callar y oprimir a la sociedad,

Tanto Mussolini como Hitler, al llegar al poder, tuvieron apoyo de trabajadores y campesinos y por eso impulsaron el desarme de sus fuerzas armadas. Correa tomó, como primera medida, el desmantelamiento de la Base de Manta, terminando unilateralmente el convenio con EE. UU. para control del narcotráfico (abriendo rutas a los carteles del narcotráfico). Una sola persona, el caudillo, cooptó todos los poderes, leyes e instituciones, incluso atropellando su propia constitución, para aprobar en su asamblea de bolsillo, las leyes necesarias. 

El historiador Stephane Courtois, en una nueva biografía de Vladimir Ilich Ulianov Lenin, sostiene que fue él inventó el régimen de terror que inspiró a nazis y fascistas. De la imagen de Lenin como “comunista bueno” creada por Kruschev en 1956, satanizando a Stalin, sostiene que “la estrategia y la táctica de conquista del poder que inauguró Lenin, y la posterior instalación del primer régimen totalitario, fueron copiadas inmediatamente en 1922-1934 por Mussolini que, no hay que olvidar, fue hasta 1914 uno de los líderes más radicales del socialismo italiano. Después Mussolini sirvió de modelo a Hitler”. 

Sobre la similitud entre fascismo y socialismo, Courtois revela que “en cuanto a la comparación se impone al nivel de los tres monopolios: el partico único omnipotente, el líder carismático, la ideología del hombre nuevo y el control de la sociedad –aun cuando Mussolini y Hitler se apoyaran sobre los capitalistas en lugar de destruirlos. Pero todos impusieron el terror de masas como método de gobierno. Además, la magnitud de los crímenes nazis se puede comparar con facilidad con la de la de los crímenes comunistas, tanto en cantidad como en métodos de ejecución mediante verdugos profesionales”Sobre el ataque de Lenin a sus rivales para instaurar una cultura de violencia y sumisión, el autor señala que “Lenin siempre fue extremadamente agresivo con los que no estaban de acuerdo con él, desde los partidarios del régimen zarista hasta todos los socialistas rusos y europeos. Una vez en el poder, de esta agresividad pasó a la acción, con el exterminio puro y simple”. Queda para la reflexión…

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