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Cómo influyen la postverdad y las noticias falsas en la política

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Una nueva forma de populismo surgió en la política y se basa en el uso de redes sociales para difundir mensajes no necesariamente verdaderos. Bienvenidos a la era de la post verdad y las noticias falsas.

Foto: Freepik

En el 2016 la palabra del año fue “post truth” (posverdad), así definida por el prestigioso diccionario Oxford. Era un nuevo ajuste, de tantos que se hacen en la lengua castellana, tomando palabras prestadas a otros idiomas o al uso de términos que aparecieron durante la revolución de la información y el auge de las nuevas tecnologías conectadas en internet que permiten estas licencias, ya no como palabras extrañas, neologismos o cualquier otra posibilidad, sino como realidades del mundo en el que se vive.

La posverdad llegó para quedarse y tiene muchos alcances, gracias a las redes sociales, donde las personas están literalmente desbordadas, por la existencia de dispositivos inteligentes (teléfonos celulares, tabletas, laptops y otros ingenios) que inundan el mundo y han modificado la existencia de los seres humanos: Facebook, WhatsApp, Instagram, Twitter y otros, pueden conectar comunidades virtuales con un solo ‘clic’. Hoy es fácil enterarse no solo de lo que sucede en el mundo, sino incluso de la intimidad de las personas. 

¿Qué es la posverdad? Si nos atenemos a una definición léxica, existen algunas dificultades relacionadas con el sufijo “verdad” que, en el caso de la palabra, ponen en juego muchas subjetividades. Los prefijos pre y pos suelen acompañar palabras como éstas: “preuniversitario” (antes de la universidad) o posgrado (estudios posteriores al tercer nivel de educación superior).

Pero, hablar de posverdad supone algo diferente. La verdad siempre fue definida como un término absoluto. Sin embargo, en los tiempos que se vive -justamente por la existencia de ciertos matices- da como resultado que pueden existir “medias verdades” (o “medias mentiras”). Este concepto acomodaticio tiene que ver con el relativismo con el que se definen los términos. O es verdad o es mentira. Sin embargo, aparece el problema y se encuentra relacionado con aquello que, para nosotros, puede ser la verdad y para otras personas puede no serlo completamente.

La historia del engaño y la mentira es antigua. En tiempos de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Babilonia, tenía un papel preponderante en la difusión de los mensajes que hacían los grandes monarcas. Tanto Hammurabi, para difundir los preceptos de su famoso Código, como Nabucodonosor, llegaron a construir estructuras informativas muy sólidas para dar a conocer los logros y obras que magnificaban su grandeza, en los que no faltaban las mentiras, exageraciones o apologías.

Actualmente, el uso de noticias falsas en tiempos de la postverdad inunda los medios convencionales y digitales. Los recientes procesos electorales en EE.UU., Brasil, Argentina y en países europeos (como Rusia) dieron como resultado que muchas de las decisiones de voto de las personas dependen mucho de aquellas creencias que tienen, más que en el razonamiento sobre las propuestas que existen. 

Una avalancha de fake news fue lo que los medios del Kremlin utilizaron para intentar influenciar las elecciones de los Estados Unidos en 2016 y 2020. Muchos analistas consideran que fueron decisivas para la inesperada victoria de Donald Trump hace cuatro años. Y durante los cuatro años de gobierno, el diario The Washington Post demostró que Trump miente mucho, haciendo un recuento de todas las falsedades o tergiversaciones del republicano.

Se calcula que, hasta el 27 de agosto pasado, el presidente Trump dijo 22 247 cosas inciertas, “de todo tipo y condición, desde atribuir declaraciones inexistentes a otras personas, hasta acusar a Barack Obama de espiarle o asegurar que, en comparación con Europa, a Estados Unidos no le está yendo tan mal con la pandemia”.

Suelen existir centros de información, denominados “troll centers” que llenan el espacio informativo con un arsenal de desinformación para sostener unos grupos políticos y desacreditar a otros. En las revueltas de octubre de 2019 en el Ecuador y durante los meses de la pandemia hubo diversos mecanismos de falsificación de noticias, con sede en Rusia, Pakistán y Venezuela (dirigidos desde México y Bélgica, sede de algunos prófugos y exiliados ecuatorianos de tiempos del correísmo) para generar la idea sobre una supuesta represión policial y gubernamental contra los indígenas, obreros y otros grupos que protestaban así como sobre el mal manejo gubernamental de la pandemia y las muertes por COVID-19 en Guayaquil y otras ciudades. 

Entendiendo el fenómeno

Una de las características de los procesos políticos contemporáneos es el resurgimiento del populismo, como un estilo de hacer política que se dirige a las emociones utilizando, sin rubor, la mentira y la desinformación como estrategias, con las redes sociales como principal herramienta de difusión para, de esta manera, modificar las percepciones en la opinión pública.  

Aunque no necesariamente se puede relacionar el populismo con la posverdad se trata, sin dudas, de uno de sus principales componentes. Los políticos ganan elecciones recurriendo a propuestas que, de antemano, saben que no cumplirán, apelando a emociones y a aquellos mensajes que, por estudios previos del electorado, detectan que son los más esperados y que las personas desean escuchar. 

Se apela a prejuicios, ideas que incentivan el miedo o incluso la xenofobia, que se encuentran instaladas en el inconsciente profundo de muchos ciudadanos, como sucedió con el caso del triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos en 2016. 

En muchas ocasiones se trata de la vinculación del populismo con la posverdad en que, en ambos casos, según Gil Calvo (2017) “se acepta por verdad lo que cree la mayoría, y en el contexto del populismo, se elige a quienes son mejor valorados en el mercado”.

Cabe, entonces, mencionar que la mentira y la desinformación son características de la posverdad, pues tienen como objetivo hacer que las personas crean en algo que no es cierto, basándose en lo emocional sobre lo racional, algo difícilmente refutado con evidencias. Las redes, además, tienen la capacidad de irradiar sus mensajes a través de contenidos virales (se propagan como virus por el espacio virtual), provocando aceptación o rechazo.

En muchos de los casos presentados en las últimas dos décadas, iniciando con el fenómeno de la “primavera árabe” (entre 2010 y 2011), los públicos usuarios de las tecnologías eran jóvenes de entre 16 y 35 años que, ante la crisis generalizada, perdieron su confianza en los políticos y las instituciones, incluidos los medios de comunicación. Otro factor para tomar en cuenta es que ellos no consumen información en dispositivos tradicionales, sino a través de plataformas virtuales en la internet. Algunos políticos contemporáneos sintonizan con esta tendencia y la utilizan en su provecho.

Si Göebbels (ministro de Propaganda de Hitler) decía que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, los profetas de la posverdad pueden regocijarse al saber que se puede reproducir algún contenido miles o millones de veces y que puede, a fuerza de repetición, volverse un hecho cierto, pues todos hablan de ello, dándolo como verdadero.

Sobre el cambio en la forma en la que se genera la opinión pública desde la irrupción de la posverdad, donde la emoción juega un papel relevante, se puede resumir en lo expresado por Barrero (2017) quien manifiesta que hoy “una opinión reproducida miles o tal vez millones de veces se transforma en algo tan satisfactorio como un hecho”: y también una mentira puede modificar la opinión.

Como dice Yuval Harari: “los humanos siempre han vivido en la era de la posverdad. Homo sapiens es una especie de la posverdad, cuyo poder depende de crear ficciones y creer en ellas. Ya desde la Edad de Piedra, los mitos que se refuerzan a sí mismos han servido para unir a los colectivos humanos. De hecho, homo sapiens conquistó este planeta gracias sobre todo a la capacidad distintivamente humana de crear y difundir ficciones. Somos los únicos mamíferos que podemos cooperar con numerosos extraños porque solo nosotros podemos inventar relatos de ficción, difundirlos y convencer a millones de personas para que crean en ellos. Mientras todos creamos en las mismas ficciones, todos obedeceremos las mismas leyes y, por tanto, podremos cooperar de manera eficaz”.

Las fake news o noticias falsas no son algo nuevo ni surgido gracias a la Internet. En todas las épocas y en todos los países, los engaños disfrazados de noticias han sido moneda corriente y parte del juego sucio de cualquier contienda. 

En ese recorrido de falsedades, aparecieron construcciones pseudo periodísticas que tenían el objetivo de entretener.  Basta recordar la radio dramatización de Orson Welles en 1938 al haber adaptado para la radio una obra de H G Wells, “La guerra de los mundos”, donde informaba sobre una invasión marciana a la Tierra. Este hecho se repitió, con consecuencias fatales, en Quito en 1949, cuando personas irascibles atacaron e incendiaron el edificio de diario El Comercio y Radio Quito porque se sintieron engañados sin haber verificado el origen de la información que emitía la radioemisora.

Redes, sociedad y política

La política contemporánea no se hace solo en actos masivos y medios de comunicación tradicionales. Por la tecnología, los políticos desarrollan nuevos sistemas de comunicación con sus simpatizantes. Con el uso de las redes sociales se establecen contactos horizontales con los ciudadanos quienes, a su vez, responden esos mensajes e interactúan con los políticos. El uso de la posverdad puede convertirse en un recurso o un atajo de comunicación, para colocar en las redes mentiras virales, que pronto se propagan.

El actual presidente francés, Emmanuel Macron -quien formó un partido y construyó su imagen en apenas un año, para ganar las elecciones de su país, en 2016, señalaba, a propósito de las pretensiones políticas de los nacionalismos y populismos europeos, que: “La combinación de nacionalismo, populismo y posverdad es la mayor amenaza que enfrenta la democracia”, en un discurso en enero de 2018, al presentar un proyecto de ley para luchar contra la propagación de falsas informaciones. 

Actualmente no existen campañas políticas, sociales y gubernamentales en las que se haga de lado las TIC como herramientas de difusión. Aunque la mediatización de la política es anterior a la presencia de la posverdad, los mecanismos de transmisión de información se han sofisticado, logrando adhesiones de verdaderas comunidades virtuales, que se despliegan rápidamente como ejércitos de trols para atacar rivales o generar efectos de viralización con sus mensajes. Difícilmente la radio o la televisión lograrían este nivel de irradiación en los tiempos actuales.

La política contemporánea es una mixtura entre la comunicación tradicional en medios convencionales (prensa, radio y televisión) y las redes sociales, donde Facebook, Twitter, Instagram y WhatsApp son las estrellas del quehacer político, con la divulgación de trending topics (etiquetas o tendencias) y cualquier otro elemento útil para posicionar a los sujetos políticos. 

Es decidor señalar que, junto con cierta crisis de credibilidad de los investigadores sociales y encuestadores, aparecen también cuestionados los medios de comunicación que, de acuerdo con muchos sondeos, están entre las instituciones con menor credibilidad entre los ciudadanos, pues se los ha llegado a responsabilizar, incluso de los momentos de mayores tensiones políticas de los países (como ocurrió en octubre de 2019 en Ecuador, con ataques a periodistas, canales de televisión y medios impresos, como El Comercio). Hay mandatarios que incluso optaron por declararles una guerra abierta, sin distingo de ideología o tendencia política, como Donald Trump en EE.UU., Jair Bolsonaro en Brasil, Rafael Correa en Ecuador o Andrés Manuel López Obrador en México. 

Todos acusaron a la prensa de difundir mentiras o exageraciones, recurriendo algunos a verdaderas comunidades virtuales que posicionan mensajes que estos políticos informan a sus votantes. Y, sin embargo, todos ellos siguen utilizando a la prensa cuando ésta les resulta conveniente para sus intereses personales, en casos específicos. Acusan a la prensa y, al mismo tiempo, usan redes de trols que difunden noticias falsas para sus propios beneficios.

Esta manera de hacer activismo político donde la posverdad y las fake news juegan un rol importantísimo demuestra que los estudios sociales de opinión pública y de política deben actualizarse para evitar que esta tendencia (aunque sea una palabra clave) prevalezca en momentos de convulsión política o eventos electorales formales.

Si, como se manifestó antes, decir mentiras o medias verdades es una posibilidad para obtener réditos con el manejo de herramientas digitales, hay que educar a las personas en el uso de las redes sociales para no caer en la tentación de las noticias falsas, y así poder decidir, de manera racional, qué información es real y cuál no. 

Quienes nacieron en los tiempos de las redes sociales son parte de una transformación cultural. Su mundo no es mejor ni peor que el de quienes nacieron antes. Su manera de relacionarse es diferente y la preocupación se basa precisamente en esta forma de involucramiento con los temas sociales y, especialmente, políticos. 

Los nativos de Facebook y Twitter están hiperconectados y pueden mantener contactos en línea permanentes, generando estados -incluso anímicos- en contacto con la globalización, pero tienen menos paciencia. Tienen acceso a todo lo que necesitan al instante, pero creen que todas las respuestas a la vida están en la Wikipedia o en Facebook. Por lo tanto, su militancia y su forma de hacer política es tan cuestionada como volátil, por la rapidez con la que decurren los acontecimientos, lo que genera tantas transformaciones en las formas en que se puede consumir información. Y ése es el principal problema de la política y de la sociedad contemporánea.

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